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PACO RABAL 

   
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 Doctor Honoris Causa por su trayectoria artística.


Lección Magistral correspondiente a la investidura de Francisco Rabal Valera como Doctor "Honoris Causa" de la Universidad de Murcia. El acto tuvo lugar el día 22 de mayo de 1995 y el texto no es si no una autobiografía compuesta de la forma que a él le gustaba escribir sus sentimientos, a golpe de ripio.


Excelentísima Señora Presídenta de la Comunidad Autónoma de Murcia, Excelentísimo y Magnífico Señor Rector, Ilustrísimas y Dignísimas Autoridades, Profesores y Profesoras, Alumnos y Alumnas, Señoras y Señores:

Nací en la Cuesta de Gós,
murciano coto minero,
cerca del pueblo de Águilas
donde tiene ayuntamiento.
Desde el cerro en que nací,
entre higueras y entre almendros,
la mar se extiende hacia el mundo
por la parte de Marruecos.
Allí, Benito, mi padre,
hombre responsable y serio,
compartia su trabajo
con sus primos y mi abuelo.
Mi abuelo, Paco Valera,
a quien llamaban "el Renco",
también cuidaba de cabras,
además de ser minero.

Mi abuela, la tía Dolores,
entre artesas y pucheros,
gallinas, pavos, perdices,
en el horno corralero
hacía unas tortas de azúcar
y por la Pascua, de huevos.
Mi abuela paterna, sastra,
era María "la Bolero",
pues hacía pantalones
y bailaba con gracejo,
y mi otro abuelo, Damián,
murió cuando era pequeño
mi padre, y aún en mi cuarto,
tengo su retrato puesto.
El retrato y un reloj,
la petaca y un chisquero,
es la herencia material
que de mi padre conservo.
Lo espiritual, la forma
y la educación de adentro,
ésa me la fue dejando
poco a poco con su ejemplo.

Mi madre, que era Teresa
-mi hija Teresa es su espejo-
fue la mujer comprensiva,
hermosa como un lucero,
analfabeta, entregada
al amor y al sentimiento,
siempre sufriendo por todos
durmiéndonos con flamenco.

Creía a mi padre brujo,
por predecir los sucesos.
La escuela primera un carro;
el bondadoso maestro
y un burro, nuestro autobús,
blanco, africano, tremendo,
que nos llevaba hasta Águilas
-que está a unos pocos kilómetros-
tanto para ir al mercado,
como llevar a un enfermo.

Hoy, mi querido rincón,
la Cuesta de Gós, lo siento,
no tiene ni luz ni agua
y los que allí siguen, viejos,
esperan que se las den
y les sobran argumentos.
Ellos que me escriben cartas
y yo que les recomiendo.
Hasta ahora buenas palabras
y si te veo no me acuerdo.

Desde allí y a los siete años,
y ya con el burro muerto,
con la familia, el colchón
y el retrato del abuelo,
nos vinimos con mi padre
hacia un camino de hierro:
la vía de Madrid a Burgos
que la estaban construyendo.
Se acabó la minería
y los túneles se abrieron.

Del calor mediterráneo,
a la pana y a los hielos
de la Sierra de Madrid,
ya pobre por esos tiempos:
Braojos, Aoslos, Buitrago,
Gargantilla y tantos pueblos.
De vez en cuando, la nieve
cubría las puertas y techos
y se perdían los hombres
buscando pan y alimentos.
Y las escuelas sin sendas
estaban un poco lejos.
Compensaba la cultura
que en la República dieron.
Era el año treinta y tres
que parecía un año nuevo.
Y teníamos mil libros
que invitaban a leerlos:
circo, teatro ambulante...
de un fascinante misterio.

Y cuando acabó el trabajo
a todos nos despidieron.
Un cura de Gargantilla,
al que acompañé en sus rezos,
en esas misas diarias
los dos solos en el templo,
con un católico frío
que te entraba hasta los huesos...
¡Qué prisas con los "amenes"!
¡Qué campanillazos secos!
Ese capellán, don Maxi,
siguió siendo amigo nuestro
y después de nuestra guerra
encarriló mis intentos.
Yo quería ser actor
por firme convencimiento,
y no encontraba el camino
por donde pudiera serlo.
El me metió en los Estudios
de Chamartín y de eléctrico.

De nuestra Guerra Civil
es mejor dejarla lejos,
aunque presente ha de estar
para que no la olvidemos.
Un horror, ya lo sabéis:
los cazas, los bombardeos,
los tiros por la Gran Via,
el hambre, fusilamientos...
Y cuando los "nacionales"
-ese nombre se pusieron-
como si fliera un extraño
el auténtico Gobierno,
empezó otra vez la lucha
con las hambres y los miedos.

Había nacido mi hermana
con esos años de enmedio.
Mi hermano era comunista
y combatiente en los cerros
de la Cuesta de la Reina.
Mi padre, como un obrero,
fortificaba Madrid
y le habían hecho sargento.

Casó mi hermano Damián
con la hija de Javier Bueno,
que viene en el diccionario
como un hombre de talento.
Hombre de vasta cultura
y al que mataron por eso.
Ahora cada año conceden
a algún periodista un premio
con su nombre, y es orgullo
lo que antes fue menosprecio.
Mi hermano Damián huído
y mi padre en el silencio...
Pero fue de mucha suerte
que no los metieran presos.
Eso sí, se colocaron
de albañiles o poceros.

Y luego fue Cuelgamuros,
ese triste monumento,
donde mi padre picó
con tres hombres extremeños
el primer hueco en el monte
donde crecían los helechos.
Luego corrieron los "maquis"
y algunos presos huyeron.
En la paz de los pinares
retumbaban los barrenos.

Y yo empecé a trabajar
en un negocio pequeño.
Compraba en un almacén
caramelos, frutos secos,
como pipas, "palo-lú",
y colgándome del cuello
un cajón de dinamita
que era en casa nuestro asiento,
iba por Cuatro Caminos
y los barrios periféricos
a vender mientras jugaban
veintidós chicos famélicos.
Luego vendía en "Saliquet",
un hospital donde enfermos
o heridos convalecientes,
me compraban mi comercio:
pan, cigarrillos, galletas
y pornográficos cuentos.
Yo me los leía antes
para ponerles el precio
y según mi excitación
y la líbido del texto,
a los jóvenes soldados
les cobraba más o menos.

Con las cosas de comer
era mucho más discreto;
cobraba la "voluntad"
cinco, diez o quince céntimos.
Pero como había españoles
y marroquíes del ejército,
los de España me robaban,
si me distraía un momento
y los árabes, gentiles
y libertarlos del sexo,
yo, con pantalones cortos...
¡tuve que sufrir su asedio!
Hasta que un día unos cuantos,
enormes y corpulentos,
me tumbaron boca abajo
con un empujón violento.
Empecé a pedir socorro
"¡Que me violan, enfermeros!
¡Socorro, vengan deprisa,
que es mi honra la que pierdo!"
Mi honra quedó impoluta,
pues con ánimos ibéricos
me la salvó a correazos
el enfermero certero.
Salí corriendo de allí
y sin tocarme ni un pelo.

Entonces me coloqué
de aprendiz de bombonero
en "Gilabert", donde hacían
chocolate y caramelos.
¡Qué chavalas, qué cacao,
que mazapán estupendo!
El primer día me empaché
por el hambre y por los pechos
de las chavalas lozanas
y enchocolatados cuerpos,
que excitaban mi incipiente virilidad de mozuelo...

Y empecé a leer a Dumas
o sea "Los Tres Mosqueteros".
"Los Miserables" de Hugo,
y como un dulce veneno,
llegué a Dante y a Cervantes,
García Lorca y a Quevedo,
libros que heredó mi hermano
de Javier Bueno, su suegro.
Y luego por un instinto
de murciano y de coplero,
empecé muy torpemente
a escribir coplas y versos.
Por las noches daba clases
en el colegio "El Recuerdo",
jesuitas de Chamartin
en un caserón anejo.
Allí le daba a la lima
a Pitágoras y al metro.

Y fui de San Luis Gonzaga
más obligado que crédulo.
Un periódico mural
y un "cuadro artístico" fueron
mis desvelos congregantes,
entre agnóstico y ateo.
Pero el Padre Sánchez-Gil,
paisano mío, por cierto,
me trataba y me alentaba.
Era un gran hombre pequeño.
¿Qué será, padre Cecilio,
de sus dudas con el clero?
Rozó usted la apostasía
y por loco le tuvieron;
vino usted a verme al teatro
por si le buscaba empleo.
Le envié a Dámaso Alonso,
él le ayudó... pero ¿luego?.
Volvería como todos
por consejo de los médicos.
Donde quiera que ahora esté,
que le llegue mi recuerdo.
Ahora, que caigo en la cuenta,
no hablé del conocimiento
que con Don Dámaso tuve
y que tanto bien me ha hecho.
Él era nuestro vecino
en Chamartín, jardinero,
junto a Menéndez Pidal,
de Salmerón los dos nietos,
Bolívar y Luis Lozano
vecinos de privilegio,
y él me regaló sus libros,
me entró en el María Guerrero,
sabiendo que yo tenía
vocación al arte escénico.

¡Ay, mi querido Don Dámaso,
el impulsor de mis sueños!
Y otra vez, volviendo atrás,
pues sin hacerlo me pierdo,
por aquel cura, Don Maxi,
en el cine me admitieron
de aprendiz de electricista,
que era algo, por lo menos.
¡Pero quería ser actor
y en esto estaba muy terco!
Pasaron cinco o seis años
por andamios traicioneros,
tablones y proyectores,
cuadros de luz, aprendiendo
los textos de los actores
que merecían mi respeto:
Fernando Rey, Femán Gómez,
Manolo Morán y Merlo,
Alberto Romea, Rivelles,
Imperio Argentina... ¡Imperio!
Florián Rey, otro "mañico"
popular, con mucho genio,
Carmen Carbonell y Vico,
mi amiga Maruchi Fresno,
Luis Peña, Luis Prendes,
Antonio Casal y Nieto,
Carlos Muñoz y otros tantos
que alentaban mis ensueños.

De ellos colocaría
en el recuerdo más tierno
al inolvidable Isbert,
humanísimo e ingenuo,
sin ninguna vanidad,
sin rencores ni complejos.
Pepe Isbert, ¡ay don José!:
¿Sabe que quiero a sus nietos?
No quiero alargarme más
en nombres que sedujeron
mi ilusión de ser actor,
pues todos contribuyeron.
Y así, siendo electricista,
por un azar, como un premio,
fue que Rafael Gil
me dio un papel de "cateto".
De "cateto" a general,
de general a ventero.
Con López Rubio, ayudante
de Marín, un hechicero,
y "Alhucemas", donde ya
más sueldo me concedieron.
Con Gil, "La Fe" y "Reina Santa"
y otras solo con un gesto.

Y con Juan de Orduña hice
"La Lola se va a los puertos".
Luego ya vino el teatro,
con "smoking" de Cornejo,
haciendo un "pollito pera"
con un empresario grueso
llamado Arturo Serrano
de la Garcés compañero;
como me pagaban poco
cenaba en el Ministerio,
porque estaba de soldado
y me jugaba el pellejo
pues si atrasaban la cena
y tocaban el "silencio"
ya no podía salir
a hacer la función a tiempo.

Y me hubiera despedido
don Arturo en el momento.
Hasta que Dámaso Alonso
me envió al María Guerrero
y allí ya encontré otro mundo
con Luis Escobar, maestro.
Hice "Mis Bá" y conocí
a la Noriega y Guillermo
Marín, Cándida Losada
a Navarro y a Rodero,
a Miguel Narros y a Lucía,
de vocación todos llenos.

Y me conoció Tamayo,
que parece que fue atento,
de que con mimo cuidaba
el traje al tomar asiento;
que por esa economía
y por la voz, según creo,
me contrató, si era libre,
para trabajar con Lemos
en nuestra "Lope de Vega"
de excelentes compañeros,
con Don Alfonso Muñoz,
"la Caro" y Maruchi Fresno
y María Asunción, mi impacto
más enormemente serio.

María Asunción Balaguer,
con un jersey con cangrejo,
donde me quedé prendado
entre inculto y majadero,
imitando a un catalán
no sé qué historias de un negro.
Le conté un chiste muy malo
con acento madrileño.
Siendo ella catalana
se le arrugó el entrecejo.

Mal empecé, cuando ha sido
mi alma y mi vida luego.
¡Pero si ya lo han contado
Gómez-Santos en el "Pueblo",
casi en todas las revistas
y en cuatro libros, que pienso
que ya han sido suficientes
para lo que me merezco!
Me casé con Asunción
que cada día más quiero,
salgo menos por la noche,
y me estoy haciendo viejo...
Hemos tenido dos hijos
los dos, de verdad, muy buenos
y que ya nos dieron cinco,
cinco hermosísimos nietos.

Y trabajé con los grandes
directores más selectos:
Armiñán, Forqué, Bardem,
Camus, Visconti, Regueiro,
Carlos Saura, Pedro Olea,
con Almodóvar, don Pedro,
Paco Rovira-Beleta,
con Ruiz-Castillo, el primero,
con Chabrol y Pontecorvo,
Antonioni y Herrero,
Rivette, Giuliano Montaldo,
Torre Nilson y ese genio
poeta que fue Glauber Rocha,
el director brasileño.

Lucas Demare, Lazaga
y muchos que fueron nuevos
y con quien repetiría
además muy satisfecho.
Pero, aunque a todos les quise
y les guardo mucho afecto,
fue el preferido Buñuel
por cálido parentesco,
que los dos nos inventamos
al conocernos en México.

Para mí, el "tío Luis"
sigue vivo en mis recuerdos.
Y ya quiero terminar
este larguísimo cuento
de mis principios de hombre,
que temo al aburrimiento.
Y pasaré con permiso,
no liberado del miedo
que me impone este lugar,
a leeros otros versos
que con tozuda insistencia
aún a ratos sigo haciendo:
una quintilla, un romance
y la osadía de un soneto,
para ya dejar en paz
vuestros oídos benévolos
y terminar como alumno
con el agradecimiento.


"RAÍCES"

De mis horas más felices
son éstas, que ingenuamente,
cuento de forma insistente,
de mi pueblo y mis raíces,
de mi tierra y de mi gente.
Voy a lo que me contaron,
voy a la cultura oral,
fenicia o mora, da igual,
que en mi niñez me grabaron
lo fantástico irreal.

Los paisajes, los colores
olor del campo, las voces,
los hombres que reconoces
cuando cantan sus dolores
de barrenas y de hoces.
Los mineros, la pirita,
las "romanas" y los robos,
los patronos como lobos
-"murcianos de dinamita"-,
las tarantas y los trovos.

Con el mar, la brisa fresca,
los pescadores dispuestos
y sus mujeres con cestos
cómo pregonan la pesca
exagerando los gestos.
Y cuando a la casa van
hombres con surcos arados,
en sus rostros azorados,
nos traen hogazas de pan
y tomates madurados.

Que entre coplas y entre otros
fandangos, un viejo viene
con Juan, el nieto que tiene...
"¿Cómo se llama?", "Nusotros,
a Juan le dicemos nene".
Y se le arruga la frente,
alza el niño hasta los cielos,
chillan las madres desvelos
y al abuelo, sin un diente,
le sobran los caramelos.


"SAGA"

Después de toda una vida,
que pronto será pavesa,
de vendedor ambulante,
buscador de ropa vieja,
en las escuelas nocturnas
aprendiendo teoremas,
pues los padres jesuitas
saben mucho de aritmética...

Después de ser un eléctrico
para entrar en el "cinema",
de hacer papeles de bulto
y muchísimos de "extra";
después de haber recorrido
con Tamayo España entera,
desde Schiller hasta Shakespeare,
Calderón, Lopc de Vega,
con "La muerte de un viajante",
que se estrenó en La Comedia.

Tras trabajar en Italia,
confundiéndome la lengua...
ya no digamos en Houston,
o en otros sitios de América,
México, Perú, Ecuador,
Cuba, San Juan, Venezuela...
Después de hacer el "Juncal"
que aumentó mucho mi audiencia,
"José María el Tempranillo,
el rey de Sierra Morena",
"Cristóbal Colón" y "El Ché",
tragándome bibliotecas,
bailar, correr aventuras
bajo las grandes tormentas
saltar puentes que se rompen
y los coches que se vuelcan...
Ahora, si voy por la calle,
hay personas muy atentas
que dicen ¡Adios, Rabal!
y otros enseguida enmiendan:

"Ése no es Paco Rabal,
¡es el padre de Teresa!"
Y a mí se me cae la baba
de mi bella descendencia.


"CALABARDINA"

Estoy frente a la mar con el recuerdo
y emociones profundas y sinceras
de mis primos Rabales y Valeras
por los hilos de sangre en que me pierdo.

Y es imposible esclarecer de acuerdo
el paisaje, las minas, las chumberas,
el áspero camino hasta las eras,
situar el derecho y el izquierdo.
Mas al mar que se mueve permanente,
me fija la memoria en un instante
e hilvano los recuerdos dulcemente.
Y veo a un marinero hacia Levante,
que será de seguro algún pariente
por el ronco quejido de su cante.


"MI AGRADECIMIENTO"

La Universidad de Murcia
de donde sale la savia
que alimenta el pensamiento
y ennoblece la palabra,
ahora a mí me dignifica
al hacerme "Honoris Causa".

A mí, sin bachillerato,
simplemente autodidacta,
seguidor de los poetas,
respetando las distancias,
amigo de los pintores,
de músicas y guitarras,
de las voces que guiaron
el túnel de mi ignorancia,
hoy, aquí ante vosotros,
siento esa emoción extraña
de quere deciros todo,
temiendo no decir nada.

Porque al hacerme "doctor",
como Oliva declaraba,
no sólo me habéis honrado
por mi condición murciana,
por mi carrera en el cine,
en la comedia o el drama,
sino porque al honrarme a mi,
honrasteis dignificándola
la profesión del actor
a veces discriminada,
olvidada en los caminos
con sus Carros de la Farsa,
engalanando con versos
los balcones de las plazas,
sin derecho a descansar
bajo la tierra sagrada.

Una tierra como Murcia,
que a un actor puso una estatua,
en la hermana Cartagena
y que Máiquez se llamaba,
una tierra que no espera
la muerte para la fama
y que ennoblece al juglar
que ríe, llora y que canta,
tiene una Universidad
con unas mentes preclaras
y unas voces ancestrales
que siento cómo me llaman.

Quiero entrar muy dentro de ella,
hasta sus mismas entrañas
y que la vida, mi esencia,
mi lucha desesperada,
por aprender braceando
con arañazos del alma,
hoy aprenda la lección
más emocionante y magna,
en el aula del cariño,
su asignatura más cara.

No diré con León Felipe
su estremecido "¡qué lástima!
¡que yo no tenga comarca,
patria chica, tierra provinciana!",
porque yo sí que la tengo
y además tengo una casa
y el retrato de un mi abuelo
puesto encima de la cama.

Y cuando vengo a mi tierra,
no tengo que ir de posada
pues también tengo una silla
como él a veces de paja,
y en la que suelo sentarme
justo enfrente de la playa
y veo a los niños pasar
delante de la terraza,
con la alegría de saber
que hay en ellos esperanza.

Aunque igual que el gran poeta
-fui testigo de sus lágrimas
un anochecer en Méjico
con la nostalgia de España-,
pienso que la muerte un día
por todas las puertas pasa.

Yo la dejaré pasar
caminando hacia la nada,
y me quedaré sereno
aire, fuego, tierra y agua,
sabiendo que habéis abierto
a mi casa otra ventana
inundándola de luz
para mi honor y mi causa.

Y eso para mí sí tiene
una profunda importancia.
Por eso y uno por uno
gracias, gracias, muchas gracias...

 

 


(c) 2003. Asociación MILANA BONITA "Paco Rabal en el recuerdo". AGUILAS (Murcia).    Web Alojada en: www.MurciaRegion.com